Adicta a las experiencias

Nunca escribo como si de un diario se tratase, sino como reflexión, delirio o invención. Depende del día, de la hora, de si llueve o hace frío, ya que con este último, a veces, se me congelan las ideas. Pero esta vez es diferente. Esta vez, todo es diferente.

Cuando llegué a Barajas hace tres días (o cuatro, ya he perdido la cuenta) pensé: “El mundo está lleno de valientes y, a veces, se concentran en el aeropuerto”. Con 36 kilos en las maletas y mucho más peso, de los nervios en el estomago, miraba a mi alrededor como si de la primera vez se tratase. Y observaba. Y escuchaba.

Había una mujer que insistía en que ella no iba al servicio durante el vuelo. Le aterraba tanto el avión, que pensaba que podría desequilibrarlo si dejaba libre su asiento, aunque sólo fuese por un momento. ¿Os imagináis? A mi me hizo reír. Incluso solté una carcajada inoportuna. Luego, casi me hizo llorar. No exagero. Ella, a pesar de su pánico, se embarcaba en un viaje, aguantándose sus ganas de todo, de estar en su país, de estar con su gente, incluso de acudir al cuarto de baño, para aterrizar en Alemania y ganarse la vida, la suya y la de alguna hermana más pequeña. Sentí un vacío. Un vacío y cierta culpa. Yo no me marchaba por obligación. Tomar ese rumbo había sido mi decisión. De nadie más. Era (y soy), sin duda, una afortunada.

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Así, me subí al avión que me llevaría a mi destino con mucho miedo (lo reconozco, a mi también me aterran esos aparatos tan grandes que no entiendo) y un propósito: no habría ni una quejar durante mi estancia en el extranjero, era mi elección y no tenía derecho a rechistar. Yo no era una valiente, era una soñadora con suerte, la de poder hacer su sueño realidad.

Mi propósito se quedó en Madrid.

Estoy a 10.741,70 km de casa. A unas 27 horas de viaje, contando escalas. A años luz de mi rutina. Lejos, en la otra punta del mundo. Si lo digo como lo siento, en otro planeta. Y el primer día de mi estancia aquí, durante las horas que me mantuve despierta, todo lo que podía pensar además de: ¡Quiero dormir!, era: “el estanque de abajo huele mal…”.

Podría haber pensado muchas otras cosas, pero no podía evitarlo. Esa idea resumía todas las que se agolpaban en mi cabeza:

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“China no sólo está llena de chinos. China está llena de sorpresas. China es el mayor reto al que me he enfrentado jamás. 

Las calles están sucias. La gente, en el mejor de los casos, escupe en cualquier lugar. No en todos los sitios comer te asegura mantener la comida en el estomago durante toda la digestión. El agua se bebe caliente. Hay casas que aterran, pisos que se caen, coches que pitan, semáforo en verde, para que los dejes pasar. Y en el autobús no te caes cuando frena, demasiada gente y muy poco espacio para llegar al suelo. En China no se dan dos besos al conocer a alguien (yo ya he espantado a más de uno), ni el 13 da mala suerte. Aquí, los lujos no llevan nuestras etiquetas. China es un país con más de mil millones de vidas llenas de historias y si intentan contarme tan sólo una, no la entenderé, al igual que no entiendo los letreros. Tengo otra vez cuatro años y o me dan la mano o no miro al cruzar”.

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Pero hoy, volviendo de la universidad, una niña de esa edad me ha sonreído. ¡Y qué sensación! La he entendido. No ha hecho falta alguien traduciendo. Ni diccionario. Ni mapa. Ni un idioma común. Y le he devuelto la sonrisa. Y me ha devuelto la sonrisa.

Por eso estoy aquí, aunque a veces se me olvide. Estoy aquí porque quiero esas sensaciones. Porque soy adicta a ellas. Porque no se trata del chino o el inglés, del español, el francés o el catalán. Porque no me importa el lugar, ni la frontera, sino romper barreras. Porque no es China, ni su olor. Porque es el sabor de las experiencias lo que tanto me merece la pena. Porque hay mucho más detrás de una fotografía de lo que se ve en ella. Porque en realidad, este lugar, como tantos lugares del mundo, es increíble. Y por eso no quiero quejas. Y por eso aquel propósito al pie del avión, que hoy me vuelvo a prometer, sin ser 31 de diciembre. Porque yo no soy una valiente, como los que se quedan o se van buscando algo mejor, soy una soñadora con suerte, la de poder hacer mi sueño realidad. Y sí, soy adicta. Adicta a las experiencias. 

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3 comentarios en “Adicta a las experiencias

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