Nunca se es demasiado mayor

27 de junio de 2015

Miró con una sonrisa aquella vieja fotografía. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que vio a esa niña, un tanto pelirroja, con su magnifico moño lleno de pinzas de colores. “Eran otros tiempos” –pensó. Por aquel entonces a Cristina la apodaban “Primavera”. Luego le cambió el mote, aunque siempre estuvo relacionado con hierbas, flores y cosas especiales, como ella.

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A decir verdad, tenía recuerdos borrosos de aquella época. “¿En qué momento crecimos? ¿Cuándo dejamos de preocuparnos por el recreo y empezamos a soñar con un futuro serio? ¿Qué será de la vida de esa otra amiga que se deja ver a nuestro lado? ¿Cuántas historias, tras las nuestras, habrá visto nuestro patio del colegio? ¡Qué miedo da el paso del tiempo!” – se decía una y otra vez sentada en una cama de la otra punta del mundo – “Vivimos cada minuto como si fuese eterno, al menos, en nuestra memoria. Y de pronto… sólo nos quedan cuatro imágenes locas, algunas sin marco, dispuestas a traernos algún instante a la cabeza”.

Apartó la mirada de aquella niña de la fotografía. “Hoy es su cumpleaños” – recordó. Y sin poder evitarlo, la invadió la locura que llena los momentos de sentimientos más extremos. Pensó en coger un avión, por los viejos tiempos. En plantarse en su salón para darle un beso. No… desde luego, no era posible. Como tampoco lo es recuperar los momentos perdidos. Sin remedio, los relojes siguen dando horas, no importa cuanto nos neguemos a que avancen.

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Definitivamente, aquella niña de gafas y sonrisa permanente, dejó de hacerse moños de colores alguna mañana en que se miró al espejo y decidió, erróneamente, que ya era “demasiado mayor”. Definitivamente, aquella pelirroja con tanto arte creció. ¿Quién diría que se hizo algún tatuaje a los quince? ¿Quién hubiera apostado a que cerraría discotecas en tacones y labios rojos? ¿Quién sabe si está a dos pasos y una oposición de llevar martillo y toga?

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En cualquier caso, Cristina ya no lleva moño, pero cuando el calor aprieta se lo hace con fuerza, se remanga y se pone, dependiendo del día y de la hora, a estudiar, a arreglar cocinas o a bailar. Cristina ya no tiene doce años, ni trae mil historias nuevas de la playa cada septiembre. Cristina ya no lleva polos con sudadera. Cristina no estudia matemáticas, ni genética, ni usa collares de bolas negras y botas blancas de tacón. Cristina se levanta bien temprano de lunes a sábado y abre los libros para cumplir su sueño. Los domingos se salta la noche en la cama y sueña despierta, con alguna copa y un millón de amigos, o al contrario, todo depende. Cristina ha cambiado. Ya no es todo lo que era. Una parte se la han llevado los años. Otra, si le haces una fotografía aún puedes inmortalizarla. Ahí queda su energía. Sus ganas de comerse el mundo. Cristina hoy cumple un cuarto de siglo. Y aún ahora, aún así, cuando sople las velas, apretará los ojos y pedirá un deseo. Porque no importa cuantos años pasen, nunca se es demasiado mayor para creer que si algo se quiere muy fuerte, se puede cumplir.

marilyn

Suerte a todas las “Cristinas” de vuestras vidas, pero en “especial” a la mía.

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