Recurrencia

Las dos de la madrugada. Las agujas fluorescentes del reloj se mueven muy lento. El armario cruje. Todo en silencio. Y yo, con párpados pesados y sensación inquieta, sigo mirando el techo. Calculo unas cuatro horas desde que me metí en la cama revisando en bucle los correos pendientes, el informe de Marta, la propuesta del jueves y la reunión de mañana. LA reunión. Me recorre un escalofrío nervioso. Respiro profundo, cierro los ojos con fuerza: no hay manera, no me duermo. Me doy la vuelta, saco un pie de la manta, me rasco el muslo, empujo la almohada con fuerza y meto debajo la cabeza, desesperado.

Tres de la mañana. La calle no está tranquila. Se escuchan voces a lo lejos, debe ser una manifestación. La gente ya no sabe de qué quejarse, pienso con rabia. Gritan al unísono, y aunque no les entiendo, sí que escucho sus cohetes y petardos. “Se acabó”, pienso decidido.

Asomo la cabeza por la ventana y saco el puño amenazante, mientras, rojo de cólera grito: “Malditos desgraciaaaaaaaaaaados”. Mi mandíbula se alarga, se me desencaja la boca, del impacto de las palabras en mis dientes se me cae un incisivo. “Mierda”, maldigo. Esta vez una muela. Golpeo el cristal con furia, pero no hay cristal. Me precipito al vacío desde un décimo piso. Caigo a toda velocidad y mientras desciendo veo a todos mis vecinos durmiendo a través de sus ventanas. Joder, y yo con este insomnio. Miro al suelo, y el estómago se me retuerce del vértigo. Justo antes de impactar contra el asfalto y acabar con todo este infierno miro a la derecha. La calle está llena de despertadores enormes que caminan marcando las 07:00 haciendo sonar sus alarmas sin detenerse. Me llevo las manos a la cabeza, grito arrancándome el pelo, me araño la cara.

“Juan”, los brazos de Clara me rodean, a pesar del sudor que recorre mi espalda. Las tres y cinco. Me giro y veo sus ojos llenos de paz. Me besa con una delicadeza infinita y me susurra con la seguridad de quien te conoce de toda la vida: “¿otra vez esos relojes molestos?”. “Sí, otra vez”. Me acurruco entre sus brazos. “¿Necesitas algo?” me pregunta sabiendo la respuesta. “Lo de siempre, mi amor: un abrazo” le respondo, con ganas de que no me suelte ninguna noche de mi vida.

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